Que viva la edición de Riquer, ideas ambiguas sobre los trovadores y juglares, y mi español.
Hace algún tiempo cuando leí una ponencia de Jesús titulada “Controlling the Influence: Liminarity of the Jongleur”, comenté: si el escriba (alfonsí) es un subalterno (y no estoy convencida de que sea un subalterno), ¿El juglar es también un subalterno, pero no sólo un subalterno, sino más peligroso (y más subalterno) porque su producción es oral y no escrita? Claro, en realidad es una pregunta problemática y a lo mejor de poco interés, pero quizás no sea tan inútil como había pensado cuando la redacté por primera vez. Que les conste a mis lectores pacientes, que no conozco a nadie que haya comentado que el escriba, o por otro lado, el juglar (de la corte alfonsí o cualquier otra corte), sea un subalterno. Podría ser una invención mía, o quizás una invención juguetona de Israel, pero no recuerdo realmente, ya que puede ser una emisión producida en Starbucks o en la sala (que en realidad es un pasillo) de micropelículas en Bancroft. Además conviene destacar, que no estoy necesariamente de acuerdo con esa idea, pero tampoco tengo motivo de no creer en ella, puesto que no sabemos mucho sobre de los juglares individuales, sólo que habían textos, incluso textos legales, que definieron de manera específica (y en ocasiones de manera despectiva) lo que era el juglar y lo que debía ser su corpus o repertorio.
En estos últimos días, he estado leyendo varios textos sobre los trovadores y algunas de las poesías mismas. Ayer leí la introducción del primer volumen de la antología de Martín de Riquer (Martín de Riquer, Los trovadores: historia literaria y textos. 3 vols. Barcelona: Editorial Planeta, 1975) la cual me ilusionó mucho, porque ofrece notas, bibliografía para cada una de las poesías, y traducciones de cada estrofa de los poemas al español. Con esta edición, puedo esforzarme más en los intentos de descifrar el provenzal y puedo disfrutar mucho más de la lectura (o mis intentos de recitación, God save us), lo cual es importante para una lectura inicial. Estoy convencida de que si no disfrutas la primera vez, no querrás leer mejor en la próxima. ¿Sería posible, por ejemplo, especialmente en mi caso y estado de aprendizaje, no pensar que estas estrofas no fueran absolutamente espectaculares?
Companho, farai un vers qu’er covinen,
et aura·i mais de foudatz no·i a de sen,
et er totz mesclatz d’amor e de joi e de joven. (1)
E tenhatz lo per vilan, qui no l’enten,
qu’ins en son cor voluntiers res non l’apren:
greu partir si fai d’amor qui la trob’a son talen. (2)
(Guilhem de Peitieu, Companho, farai un vers qu’er convinen en Riquer v. 1, 128).
Después de considerar las ideas sobre el juglar y los cancioneros como archivos (en el sentido foucaultiano) que desarrolla Jesús Rodríguez Velasco en la introducción de su libro Castigos para celosos, consejos para juglares (Gredos 1999), me llamó mucho la atención los siguientes pasajes de Riquer, y otro pasaje de un ensayo de Elizabeth Poe en A Handbook of the Troubadors (Univ. of California Press, 1995):
Ya vimos antes que el trovador, por regla general, no improvisaba. Pero lo que es evidente es que el juglar solía cantar de memoria, como hoy hace un cantante de ópera con textos mucho más extensos. Es posible que alguna vez cantara con el rótulo frente a los ojos; y cuando Jaufré Rudel encomienda al juglar Filhol que cante su canción Quan lo rius de la fontana ante otra persona, “senes breu de parguamina” (verso 29), da a entender que era también posible hacerlo guiándose con una hoja de pergamino. Pero si el juglar no tan sólo cantaba, sino que también tocaba la viola u otro instrumento, como tantas veces están representados en las miniaturas, ya parece más difícil que lo hiciera con el texto ante los ojos. Y es que, a mi ver, sólo el recitado de memoria puede explicar el tan frecuente fenómeno de que haya poesías que diversos cancioneros han transmitido con diferentes ordenaciones de las estrofas…Ello implica que en algunos casos, sin duda más abundantes de lo que sospechamos, poesías trovadorescas han llegado hasta los manuscritos por medio de la memoria de una persona que se las sabía (evidentemente juglares) y las dictaba. Recuérdese, y la experiencia diaria hoy lo confirma, que los que saben de memoria canciones de estrofismo regular constantemente alternan el orden de las estrofas cuando las repiten (Riquer vol. 1; 18).
El juglar es, pues, un ayudante imprescindible del trovador, pues sin él su arte quedaría ignorado. Los grandes señores y los trovadores de prestigio y posibilidades parece que tenía juglares adscritos a su persona que se limitaban a cantar sus poesías: podría serlo el Papiol que Bertran de Born menciona en varios de sus sirventeses, Montaner, Ramon de Paul…Pero hubo juglares en cuyo repertorio entraban poesías de varios trovadores (Riquer vol. 1; 31).
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Both vidas and razos function as introductions to poems, the former leading into a whole set of songs, the latter into a specific one. Many of the biographies probably originated with the jongleurs, who devised them to enliven their performance and to prepare their audience for the song or songs that were to come…The wealth of geographical detail in the vidas strengthens the argument that it was traveling performers, or jongleurs, who invented the oral version of the genre (Schutz 1938 citado en el ensayo de Elizabeth Poe “The Vidas and Razos”, en The Handbook of the Troubadors; 187).
Lo que queda claro luego de leer estas citas es que la transmisión de estas poesías no es necesariamente, y quizás no sea en lo absoluto, una línea recta. Nos enfrentamos a una cadena y a un archivo bastante complejo, a un archivo compuesto de intercambios y interpretaciones escritas y orales: un trovador compone una poesía y en algunas ocasiones, también interpreta sus poesías, pero otros torvadores necesitan de un juglar que tal vez utilizaría un texto o herramienta para recordar el texto si no hubiera podido realizarlo de memoria, es decir, si no hubiera podido decorarlo bien, o por otro lado, como parte de su performance.
E tenhatz lo per vilan, qui no l’enten,
qu’ins en son cor voluntiers res non l’apren:
Luego, las poesías se recopilan en cancioneros, quizás por medio del dictado de un juglar. Así que las poesías que tenemos se recuerdan, claro, gracias al trabajo del trovador, pero también debido a un intercambio entre dos personas subalternas: la memoria del juglar (y quizás algunos textos escritos que el escriba tiene a su disposición) se adaptan a la mano y capacidad de escribir del escriba. Ahora me pregunto sobre la alfabetización del juglar. Obviamente, si un juglar está leyendo una hoja de pergamino para ayudarle en el proceso de cantar una poesía (como menciona Riquer), puede leerla. Creo. ¿Y qué hay de los demás?
Ahora me temo que voy para un camino maldito, pero voy: quizás la pregunta sobre si los juglares pueden leer o no, no es tan importante. Por definición, son intérpretes y performers, inventores. (O, los trovadores, al menos según el Alfonso X de Guiraut Riquier, son inventores: segon proprietat / de lati, qui l’enten… / son inventores / dig tug li trobador. Declaratio versos 128-137).
Si pueden leer, quizás tengan la capacidad de decorar mejor las poesías
Me detengo aquí porque me gustaría debatir cuestiones sobre autoría en otro día. A decir verdad, necesito leer más y luego pensar todo esto en inglés. A lo largo de mi carrera en los intentos de escribir en español, nunca había traducido, ni incluso cuando apenas podía escribir dos frases. Confieso además, que hasta este año, me había parecido ilógica y poco productiva la idea de primero escribir un texto en inglés que necesitaba o quería redactar finalmente en español. Ya que tengo un estilo en inglés que es verdaderamente mío, sin considerar si este estilo es atractivo, bueno o no, muchas veces me da pena escribir en español y entiendo perfectamente la razón por las traducciones. Lo cierto es que he podido encontrar mi estilo en inglés al escribir (gracias a Jesús) este blog y el otro. Mi inglés es propio, pero no exactamente mi español, o quizás nada en lo absoluto; es, como le he comentado a un amigo, las oraciones de los libros que he leído y partes de las conversaciones que he tenido con amigos hispanohablantes, una mezcla de jergas y emisiones de estructuras muy formales. Lo que más me fastidia saber es que no sé cómo sueno en español ni lo que estoy comunicando, y temo que nunca lo sabré. Parece que el único recurso no es tratar de traducir mi estilo, sino escribir muchísimo hasta encontrar algo que realmente conozca y que paradójicamente, pueda ser probablemente algo nuevo, muy nuevo.
